Deseábamos tanto tener un bebé que, cuando nos ofrecieron hacernos cargo del hijo del demonio, no lo dudamos ni un momento. Su padre no le quiere, nos dijeron, no tiene tiempo para ocuparse de él y eso no es nada bueno. Los niños necesitan afecto y un hogar cálido en el que poder desarrollarse adecuadamente. Así que nos presentamos en el hospital el día de Navidad con una maleta llena de ropita de bebé y muchos nervios. La enfermera nos lo trajo envuelto en tela de amianto. Quema, nos advirtió. Nada de prendas sintéticas o le prenderá fuego a la casa. Por lo demás, es un bebé muy bueno, nunca llora. Nos lo entregó y, cuando le cogimos en brazos y aspiramos por primera vez el aroma a azufre que desprendía su piel completamente negra, supimos que ya nunca nos separaríamos de él. Tenía los ojos de un rojo brillante, como las bolas de navidad, y pequeños dientecillos afilados asomaban de su boquita redonda. Por un instante, allí plantados en el pasillo de la maternidad, con el bebé en brazos, tuvimos una visión: ciudades arrasadas, terremotos, volcanes escupiendo lava y, en medio de todo eso, nuestro hijo hecho ya un hombre alto y apuesto, comandando a los ejércitos de la oscuridad. Nos echamos a reír; teníamos por delante mucho tiempo para pensar en el futuro. Firmamos los papeles de la adopción y regresamos a casa con nuestro precioso hijo.
Podéis ver más fotos del fantástico proyecto Watch Out for Evil, de Aaron B. Heimlich, aquí.








