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Deseábamos tanto tener un bebé que, cuando nos ofrecieron hacernos cargo del hijo del demonio, no lo dudamos ni un momento. Su padre no le quiere, nos dijeron, no tiene tiempo para ocuparse de él y eso no es nada bueno. Los niños necesitan afecto y un hogar cálido en el que poder desarrollarse adecuadamente. Así que nos presentamos en el hospital el día de Navidad con una maleta llena de ropita de bebé y muchos nervios. La enfermera nos lo trajo envuelto en tela de amianto. Quema, nos advirtió. Nada de prendas sintéticas o le prenderá fuego a la casa. Por lo demás, es un bebé muy bueno, nunca llora. Nos lo entregó y, cuando le cogimos en brazos y aspiramos por primera vez el aroma a azufre que desprendía su piel completamente negra, supimos que ya nunca nos separaríamos de él. Tenía los ojos de un rojo brillante, como las bolas de navidad, y pequeños dientecillos afilados asomaban de su boquita redonda. Por un instante, allí plantados en el pasillo de la maternidad, con el bebé en brazos, tuvimos una visión: ciudades arrasadas, terremotos, volcanes escupiendo lava y, en medio de todo eso, nuestro hijo hecho ya un hombre alto y apuesto, comandando a los ejércitos de la oscuridad. Nos echamos a reír; teníamos por delante mucho tiempo para pensar en el futuro. Firmamos los papeles de la adopción y regresamos a casa con nuestro precioso hijo.

 

Podéis ver más fotos del fantástico proyecto Watch Out for Evil, de Aaron B. Heimlich, aquí

Felicidad

Cuando le da la migraña, mi mujer se quita la cabeza y se pone a correr por la casa con los brazos en alto como un cruce entre Carl Lewis y una momia de las películas mudas. No queda más remedio que apartarse de su camino para no arriesgarse a terminar empotrado contra una pared o, peor, pisoteado sin piedad. Ni siquiera el gato se atreve a ponerse delante de mi mujer cuando tiene migraña; él es el primero que se mete debajo del sofá y se queda quieto, sin maullar siquiera, hasta que la crisis ha pasado. Me deja a mí el trabajo sucio de coger la cabeza, llevármela al baño y luchar durante horas contra las mandíbulas duras como puertas blindadas, hasta conseguir abrirlas y hacerles tragar un comprimido analgésico. Pero todo tiene su recompensa: cuando por fin la pastilla le hace efecto, ella despega los párpados y me mira con esos ojos tan azules y tan dulces que no puedo evitar acordarme de la noche en que le pedí matrimonio. Entonces su cuerpo regresa al baño y vuelve a ponerse la cabeza y me siento feliz y pienso que, como todos los demás, también yo tengo una misión en la vida.

Anoche se me cayó el último incisivo. Mi sonrisa legendaria, esos dientes brillantes que habían sido mi orgullo y seña de identidad durante tanto tiempo, estropeados por la piorrea y las caries. Nunca pensé que iba a llegar este día. Alicia me lo había advertido muchas veces: no comas tantos dulces, no comas tantos dulces. Me regalaba jugosas manzanas que decía que limpiaban los dientes, pero a mí lo que me gustaba más que nada en el mundo eran los pegajosos caramelos envueltos en papeles de colores y las pastas para el té con mucha mermelada del Sombrerero Loco, y aquellas veladas despistando a los pobres incautos que acababan cayendo por el túnel al País de las Maravillas. Cuánto me divertía darles pistas falsas, reírme de sus caras de crédulos y luego desaparecer dejando en el aire nada más que una imagen luminosa de mis magníficos dientes. Todo eso se ha terminado. Ahora soy solo una boca vacía, unos labios que se aprietan para no mostrar la vergüenza. Ya ni siquiera sé dónde esconderme porque, de pronto, he dejado de desaparecer, y mi cuerpo fofo y peludo se balancea sobre la rama de un árbol, incapaz de trasladarse a otro sitio. Así me encuentra un joven que se detiene bajo la rama y levanta su farol para mirarme. Yo abro la boca dispuesto a confundirle con una inteligente adivinanza filosófica que encierre una revelación oculta pero lo único que me sale es un largo y ronco maullido. El joven se ríe y dice algo en un idioma que no comprendo. Luego sigue su camino con el farol en alto, como si supiera perfectamente hacia dónde se dirige.

El regalo

En mi octavo cumpleaños, mis padres me regalaron un vampiro. Lo trajeron en una caja negra que dejaron en el comedor para que la abriese justo después de soplar las velas de la tarta. El vampiro estaba en el fondo de la caja. Tenía unos ojos oscuros enormes, la piel gris y las uñas largas y curvadas como las de un gato. Iba vestido con frac y una capa negra forrada de raso rojo. Me lo llevé a mi habitación y dejé que se escondiera debajo de la cómoda, en una esquina en la que no daba la luz durante el día. Al anochecer, cuando ya no había peligro de que se convirtiese en cenizas, el vampiro salía de debajo de la cómoda y yo lo alimentaba con pequeños roedores vivos. Él los cogía entre sus dos manos, más pequeñas que las mías, les acariciaba con una uña y a continuación se abalanzaba sobre sus peludos cuellos para sorberles la sangre. Tenía los colmillos finos y puntiagudos, más blancos que mis dientes que yo cepillaba tres veces al día.

A pesar de que mis padres me lo habían prohibido terminantemente, en la primera noche cálida abrí la ventana y dejé que el vampiro se encaramase al alféizar. Se le puso de pronto una cara afilada, como triste, mientras sus manos diminutas no hacían más que recorrer su pelo engominado. Me acerqué a darle palmaditas en el hombro y el vampiro se volvió y me miró fijamente con aquel par de ojos negros sin pestañas que parecían dos canicas de cristal. Una pequeña gota de sangre le resbaló por el colmillo y el mentón hasta desprenderse y caer sobre el dorso de mi mano. No pude resistirme a preguntarle cómo podría tener yo también los dientes tan blancos. El vampiro parpadeó, una sola vez, como el disparo de una cámara fotográfica, y sus labios de pronto se curvaron en una amplia sonrisa.

Cuaresma

ARCHIVO DEL COLEGIO FRAY LUIS DE LEÓN

Cuando éramos pequeños, los días de Cuaresma jugábamos a perseguirnos por el patio del colegio, mientras los curas encargados de vigilarnos fumaban a escondidas. Durante un rato no hacíamos más que correr unos detrás de otros hasta conseguir agarrarnos de los jerseys azules con borde blanco. Pero de pronto alguien se detenía en medio del patio, sobre los adoquines siempre resbaladizos, y gritaba: “¡El Mesías! ¡Es el Mesías!”, y señalaba con un dedo acusador de uña sucia y afilada como una vieja lanza romana. Corríamos todos entonces hacia el niño elegido, que trataba de huir pero nunca era lo bastante rápido. Le cercábamos en la esquina del patio, entre la tapia y el muro de la capilla, y nos abalanzábamos sobre él sin piedad, todos pies sucios de barro y manos frías. La paliza no terminaba hasta que los curas no tiraban sus pitillos y se acercaban a la carrera, remangándose las sotanas, y nos separaban uno a uno de nuestra víctima. A él se lo llevaban a la enfermería con la cara hinchada y los ojos convertidos en dos ciruelas maduras. El resto éramos obligados a pasar la tarde en el gimnasio, de rodillas, mirando a la pared y con los brazos extendidos como ladrones crucificados sin madero.

(c) Michael Martone

Cada mañana, antes de abrir la zapatería, mi padre me saca del almacén a la calle y me deja sentado encima de un taburete con asiento de cuero rojo y patas de metal negro, frente al escaparate. No debo moverme en todo el día y, para que no me aburra, mi padre me deja siempre un libro en el regazo. Nunca he conseguido pasar de la primera página, ni siquiera de la primera línea, porque enseguida las madres que llevan a sus hijos al colegio se detienen a mi lado para dejar que los niños me miren de cerca. Noto su aliento a leche caliente y galletas con mantequilla, cosas que mi padre nunca me ha dado a probar, y me pregunto cómo será coger la mano templada y carnosa de una madre, cómo será poner los pies en el suelo y caminar hacia el colegio con la mochila a la espalda y una manzana verde y fresca para la merienda, en lugar de pasar día tras día sentado en el taburete rojo. Oigo que ellas hablan a los niños en voz baja, les dicen que ya les gustaría verles tan bien aseados y con el nudo de la corbata tan bien hecho como yo. Después sus voces empiezan a alejarse. Yo sigo sentado en el taburete rojo, con las manos sobre el libro que no sé leer, hasta que llega la hora de la comida y regresan. Pero entonces ni las madres ni los niños me miran ya, el día ha pasado y solo quieren llegar a casa pronto para que la sopa recién hecha no se enfríe. Con suerte le dirigen un saludo breve a mi padre, que está en la puerta de la zapatería a punto de echar el cierre. Él me lleva de nuevo al almacén y, antes de marcharse, me promete unos zapatos nuevos, un jersey rojo a juego con el taburete, unos pantalones largos para que no se me enfríen las rodillas en el invierno que está por llegar. Yo le respondo con la misma sonrisa que tengo siempre, la que el carpintero puso en mi cara cuando me hizo pero, cuando mi padre se marcha, pienso de nuevo en que la próxima vez me atreveré a decírselo. La próxima vez le pediré que me convierta en un niño de verdad.

Ya está aquí

Mi madre es un pez, en sus librerías desde el próximo 12 de septiembre.

Podéis deleitaros con la ficha del libro en la web de Libros del Silencio mientras tanto, para contener (o alentar) el deseo irresistible de ir a comprarlo.

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